Hijito de papá

30 comentarios »

Hace unos años trabajaba como mesero en un restaurant especializado en cervezas. Todas importadas, y todas europeas. Fue ahí donde refiné mi gusto por la cebada fermentada, que ahora me hace fruncir el ceño ante la poco saludable perspectiva de tomar Escudo o Heinekken.

Mi turno era un par de días a la semana de 10:00 a 18:00. El fuerte era el horario de almuerzo, aunque el local del frente nos hacía pedazos con su menú ejecutivo de $2.490 (el nuestro costaba $3.500), así que en general no había demasiado movimiento. Por eso estaba, un día cualquiera, parado en la puerta del local, sonriendo a los transeúntes para tratar de engancharlos y que entraran a comer. Mi cara de fastidio y pocos amigos, sumado al poco conveniente precio del almuerzo, eran causas suficientes para que no entrara casi nadie.

Estando ahí, de pie, vi un auto estacionarse a pocos metros. Un Mercedes-Benz blanco. Conducido por alguien que tenía mi edad, año más año menos. Acompañado de una mina bastante potable. En los asientos de atrás, un amigo con su también atractiva acompañante.

Ese episodio remarcó mi resentimiento social e ira contra el mundo. ¿Porqué estaba yo ahí, trabajando por cinco lucas el turno más propinas, mientras ese tipo manejaba un Mercedes? No era más que un tipo común y corriente cuyo padre lo dejaba manejar el auto. Si es que era el auto del viejo, porque podría haber sido el regalo por entrar a la universidad, o algo así.

Odié a ese tipo sin una verdadera causa, y fue probablemente uno de los momentos (no una época ni transición, sino un momento, un minuto específico de la vida) en que con mayor claridad me di cuenta que este mundo es una mierda y que la vida no es justa. Que no importaba si yo era o no una mala persona, o si lo fuese él, si el auto era un regalo o robado, el punto es que yo estaba de pie, hastiado y mal pagado en un trabajo miserable y él manejando el Mercedes mientras decidía donde almorzar.

Es bastante difícil que alguien me enrostre ser un hijito de papá, por mucho que me parezca a mi progenitor. Creo que mi padre ha sido muy claro en establecer un nivel de vida mínimo (comida, vestimenta, internet, agua caliente, etc.), y que cualquier otra cosa que queramos es problema nuestro. Desde un reproductor de música hasta la independencia, todo está ahí tan alcanzable como podamos esforzarnos para conseguirlo. Es muy posible que alguien piense que esa actitud fomenta el esfuerzo y el carácter, pero yo digo: ándate a la mierda. Tuve que esperar años para comprarme una Nintendo 64 (juntando los pesos con mi hermano), y eso es algo que todavía me molesta.

paseo por el libano camila caffati

Como corolario, les comento un claro ejemplo de ser “hijito de papá”. En este caso específico, una hijita de mamá. En los próximos días, va a aparecer una entrevista a Camila Cafatti en una revista. ¿Quien diablos es Camila Cafatti? Una artista visual de 23 años que no le ha ganado a nadie (no es que yo lo haya ganado a muchos, advierto antes que disparen). ¿Y entonces porqué van a entrevistarla? Adivinen: su madre pagó a la revista por el artículo, porque sin importar lo lindo que pinte, su hija es una completa doña nadie en el mundo del arte, y no hay manera que alguien la reconozca si es que no se empiezan a tirar los hilos.

¿Injusto? Claro que lo es, deben haber montones de artistas visuales más talentosos por ahí, sin un papi o una mami que pague por darles bombo.  Pero así es la vida. Es tan injusta como reconocer que las pinturas de Camila, especializada en el fotorealismo- están condenadas a parecer fotos retocadas con photoshop. La vida es cruel, pero cierta.

nadal camila caffati