Por suerte la vida no es justa
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Es fácil ponerse en la postura del “pobrecito”. Quien lea el post de hijito de papá, puede creer que la idea es quejarse como una nena llorona por todos los juguetitos que no tuve cuando niño.
En parte es verdad, claro. Pero eso no significa ser malagradecido. Pongo un ejemplo, quizás un poco bobo pero el primero que me viene a la cabeza:
Hace unos días, estaba en la casa de mi polola. Eran cerca de la una de la mañana, y estabamos acurrucados viendo tele.
-¿Sabes de qué tengo ganas? -le pregunté.
-¿De tener sexo?
-No. O sea sí, pero aparte de eso.
-Mmmmm… no sé.
-¡Helado!
Nos abrigamos y fuimos en su auto a un MacDonalds, pagamos el equivalente a US$ 4 y nos llevamos dos MacFlurry, que disfrutamos acostados y remoloneando como gatos (prrr prrr)
Ahora, la historia no tiene nada de extraordinario. Salvo por el hecho que millones de personas sufren de hambre, enfermedades y muchas otras privaciones. Y nosotros, una pareja completamente normal, está en situación de ir a comprar helado, gastar US$4 y volver a casa en auto sólo porque tiene un antojo de calorías vacías.
Cuando uno piensa en familias que viven una semana completa con ese dinero o menos, se da cuenta que si bien no tiene un Mercedes Benz, está mucho mejor que otros, sin haber hecho nada para merecerlo. Quizás esos pobres negros se levantan todos los días a las cinco de la madrugada para caminar dos kilómetros hasta el pozo y sacar agua sucia para desayunar, o tiene que sufrir la guerra civil, el VIH o cualquier otra mierda, y son cosas que a mí no me afectan y que nunca tuve que soportar. Si la vida fuera justa, ellos se han esforzado toda su vida y por eso son ellos merecen el relajo y placer de tomar un helado, y no yo. La vida es injusta y por eso hay que dar las gracias. A quien sea.


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