Domingo eclesiastico y la mayor herejía
7 comentarios »“… Y rogamos por todos los que viven en tu gracia. Lo que excluye a ese hijo de puta que está allá. Sí, ese, el que tiene unas calaveras en la polera “.
Eso no lo dijo el cura, pero pudo haberlo dicho y nadie se hubiese asombrado. Porque, ¿qué estaba haciendo yo el domingo en la iglesia? ¿De pie en medio de los fieles que escuchan el sermón? ¿Guardando respetuoso silencio cada vez que el público (perdón, los feligreses) hacían su parte del espectáculo (perdón, de la misa) murmurando “Y con tu espíritu”?
La verdad es que fui con mi polola porque ese día iba a presentarse un coro que queríamos escuchar. Iban a tocar antes, durante y después de la misa, así que nos sentamos más o menos adelante para verlos. Y claro, nos quedamos en misa. Escuchamos, nos pusimos de pie cuando los demás lo hacían y le di la mano a un par de viejos cuando fue el momento de desear la paz. Hace tantos años que no estaba en una misa que ya había olvidado cómo eran.
En algún momento pasó una niña con una canastita pidiendo dinero. Metí la mano al bolsillo y eché lo que tenía. Mientras mi polola me dice al oído “no sé como hay gente que deja billetes”, yo deposité una humilde luca y media. Mucho más caritativo que el católico promedio, me parece. “Estoy pagando la entrada al show“, le dije. Y era cierto. Porque aunque fui a ver el coro, el sermón fue impagable por lo violento, represivo y lava-cerebros, cuando curiosamente el tema era el Amor Cristiano. De eso hablaré otro día, que sobre las contradicciones de la iglesia Católica hay para hacer un par de libros.
Además pasó otra niña con unas cintitas amarillas y un alfiler. Saqué el alfiler y la anudé en la muñeca. “Yo también aporto 1% a la iglesia”.

Llevo tres días con la cinta puesta en la muñeca. Y parece que a la gente no le gusta. Ver a un tipo en el metro con el pelo (casi) largo, bototos y poleras negras no parece ser del agrado de los verdaderos fieles. Les daría lo mismo que usara piercings o tatuajes, que usara el pelo verde o cualquier otra clase de ostentosa forma de demostrar mi desprecio por el mundo. Eso los dejaría tranquilos y podrían -como es habitual- anunciarme todos los males que sufriré en el juicio final. Pero demostrar públicamente que adhiero a una causa cruzada los llena de espanto. Me miran y miran la pulsera y me vuelven a mirar. No lo creen.

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