Home Alone
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Llevo un par de semanas viviendo en una casa que no es la mía. Bueno, donde duermo habitualmente tampoco es “mi” casa, pero seguro que se entiende la idea. Estoy quedándome en la casa de mi polola, que está de vacaciones con su familia en la IX región. Vacaciones a las que, siguiendo la costumbre, me invitaron, pero mis obligaciones en el DF me impidieron ir.
La verdad es que la comodidad de vivir solo es inconmensurable. No estoy hablando de vivir de manera independiente (por ejemplo, dos amigos que arriendan un departamento a medias), sino que sin ninguna otra persona dando vueltas por ahí. Digo “persona” porque entre las responsabilidades que acepté al quedarme cuidando la casa, la principal es darle alimento a los otros seres vivos que la habitan: al perro (una vez al día, todas las mañanas), a los peces (lo mismo) y a un hamster (de vez en cuando), además de regar el jardín y las plantas del living. Y claro, las 3 o 4 veces al día que tengo que alimentar a mi lolcat particular, Babidi, que me despierta todos los días a las seis de la mañana para jugar.
Solo. Sin nadie que joda. Sin llamadas telefónicas ni tener que sacar la basura. Sin la obligación de cerrar puertas, caminando sin ropa por la casa, dejando la loza sucia acumularse en montañas de cristal. Con la música a volumen máximo todo el día, levantarse a la hora que se me antoje (al menos los fines de semana)… La vida es bella estando solo.
Mal de familia #1: autismo crónico.

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