Sentimiento de Culpa
22 agosto 2008
-¿Cómo te llamas?
-Esa es una buena pregunta- respondo.
45 minutos antes
Moncho me llamó para que nos juntáramos en Escuela Militar. Asuntos de trabajo, presupuestos y cosas así. Llego un poco antes de la hora y decido pasar al Dunkin Donuts a tomar café. Desciendo por la escalera del SubCentro. Sentada en la mitad, veo una chica llorando. Sigo bajando un par de peldaños más bajando, pero el sentimiento de culpa me detiene. No soy alguien que experimente algún sentimiento de culpa muy a menudo.
Sentimiento de Culpa: Dícese de la vergüenza interior y auto-desprecio que se siente cuando uno hace -o no- algo que su ética personal le prohíbe -o le ordena.
-Sorry… ¿te pasó algo? (pregunta estúpida por lo obvia, pero no supe qué más preguntar) – Me acerco.
Me mira y responde algo que no entiendo.
-¿Cómo?
-Me patearon.
-¿Ahora?
Asiente. Miro la hora. Todavía tengo algunos minutos de margen. Saco un pañuelo desechable y se lo entrego. Me da las gracias. Se suena. Por un momento parece calmarse un poco. Un segundo después vuelve a llorar desconsolada. Me siento dos peldaños más abajo. Algunas personas pasan y nos miran.
-¿Cuanto llevaban?
-Casi un año- responde.
-¿Y de quien fue la culpa?
-De nadie.
-¿Por qué terminaron entonces?
Me cuenta que el ahora-ex está terminando la carrera y que no tiene tiempo para nada. Ni para verla, llamarla por teléfono, mandarle un correo o un mensaje de texto. Y que como el panorama no era muy alentador de aquí hasta al menos final de año, el tipo prefirió cortar el asunto. Me suena a historia conocida. Es una mierda no tener tiempo para ver a quien quieres. Es una mierda que te pateen.
¿Qué puedo hacer ahora? Irme así como así sería una mariconada. ¿Para qué me acerqué si no fue para ayudar? Todavía tengo algo de tiempo, y la chica esta ahí, entre hipos y sollozos.
-Te invito un café.
Me mira con sus ojos rojos e hinchados. No entiende muy bien lo que le estoy diciendo. Todavía le corren lágrimas por las mejillas.
-Mira, iba a hacer hora un rato y tomarme un café. Y a comerme una dona. Y ya que estás aquí, te invito a tomar uno. O una coca cola. Y a comerte una dona ¿Tienes algo que hacer ahora? ¿No? ¿Qué ibas a hacer, irte a tu casa? Entonces vamos. ¿Qué puedes perder?
Bajamos. Entramos. La miro de reojo. Al menos ya no está llorando. Ella me mira, confundida. No sabe qué elegir, porque mal que mal, soy un perfecto desconocido. Así que elijo por ambos y pago. Llevo los dos smoothies y cuatro donas a una mesa. Le cuento un poco de porqué estaba pasando por ahí justo en ese momento. Nos sentamos. Y hablamos.
Hablamos como hablan dos amigos que no se han visto en mucho tiempo. De música, de la tele, del ex, de ella. Es una chica común y corriente, que estudia una carrera cualquiera en una universidad cualquiera. Hablamos de la familia, del trabajo, de los paros universitarios. Hablamos mientras me fijo que de vez en cuando se le asoma una lágrima, pero se contiene. El hecho de que media hora antes no nos hubiésemos visto jamás no es más que un detalle sin importancia.
Por enésima vez miro mi reloj. Hace un rato que Moncho debía haber llamado. Seguimos conversando aunque ya no nos queda nada de lo que pedimos. Con un poco de vergüenza me pregunta el nombre.
-Esa es una buena pregunta-respondo.
Ella adivina mi edad y que escucho metal. Por la barba (sic) y el pelo. Por algún motivo se admira de que esté en la U. de Chile. Me hace algunas preguntas, y las respondo con amables evasivas o con pequeñas mentiras.
Suena mi teléfono. Moncho, para variar, está entre perdido y desubicado. Me dice que baje seis cuadras, tome una micro, llegue hasta la rotonda, me baje un poco antes del semáforo frente a la casa amarilla de reja verde y que nos encontremos ahí.
-¿Tomas el metro?
-No, me voy en micro -me responde.
Caminamos hasta el paradero. Se da vuelta y me abraza.
-Gracias. Gracias por las donas, por preguntar qué me pasaba, por todo…-Me abraza con más fuerza. Sabe que no tiene idea de quien soy, y de que volveremos a ver.
-No hay de qué. Sobrevivirás -respondo. “Te lo digo yo, que lo sé”, pienso.
Me doy la vuelta y camino. Tengo que bajar 6 cuadras, tomar una micro, llegar hasta la rotonda…
Más verdades demoledoras
Filed in: La gente está loca,Personal.



Wow. Hay que tener agallas para hacer eso. O mucha autoconfianza. O qué se yo. Pero hay que tener algo que no todos tienen.
Y te acepto la chela, gaia xD
Salú.